Salmo 119.65-72
Bien has hecho con tu siervo, Oh Jehová, conforme a tu palabra.
Enséñame buen sentido y sabiduría, Porque tus mandamientos he creído.
Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; Mas ahora guardo tu palabra.
Bueno eres tú, y bienhechor; Enséñame tus estatutos.
Contra mí forjaron mentira los soberbios, Mas yo guardaré de todo corazón tus mandamientos. Se engrosó el corazón de ellos como sebo, Mas yo en tu ley me he regocijado.
Bueno me es haber sido humillado, Para que aprenda tus estatutos.
Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata.
Las dificultades que enfrentamos tienen su origen en una de tres fuentes.
Algunas son permitidas por el Señor para desarrollar nuestra fe; otras son el resultado de los ataques de Satanás; y otras podrían deberse a nuestros pecados. Al considerar estas tres causas, ¿cuál es la más difícil de soportar por usted? Creo que la mayoría de nosotros diría que la última, porque no tenemos a nadie a quien culpar sino a nosotros mismos, y parece como si no pudiera resultar nada bueno de la dificultad. Como Gálatas 6.7 dice que cosechamos lo que hemos sembrado, no vemos nada bueno por delante, excepto una cosecha dolorosa. Sin embargo, no debemos olvidar la capacidad redentora del Señor. Él puede utilizar nuestros fracasos para enseñarnos valiosas lecciones: temor reverente a Él, odiar el mal y andar en obediencia. Lo que aprendemos también puede convertirse en nuestra protección contra el pecado en el futuro, por lo que al final incluso nuestros propios errores no son inútiles. Por muy dolorosa que sea su situación, el Padre celestial merece que usted le agradezca por preocuparse lo suficiente como para disciplinarle con amor. Cuando aprendemos de la experiencia, las cicatrices del pecado pueden llevarnos a la restauración y a una renovada intimidad con Dios.
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